Si acaso tuviera razón, me lamentaba; podría componer las melodías más insensatas jamás escuchadas por un no literato y desempolvar aquel maletín guardado bajo mi soñar. El mundo se me representaría fragmentado cual arrugas en mis palmas, pero sería totalmente mío, no tendría que explicarme mil veces ante el espejo el porqué de mi despertar ni encontrar la posición perfecta para poder volver a lo real, a lo sublime, a aquel rincón donde la vuelvo a besar en la séptima fila de asientos del interprovincial nocturno. Era totalmente indefinible la sensación que emergió al encontrarme con los primeros rayos del alba y divisar, mediante el cristal roto, al rocío, la constante evocación del vacío y la negrura translúcida de aquellos párpados que matizaban, al parecer, el hastío. Los besos palpados a flor del rostro eran rastros siniestros de caducas promesas de amor, uno encima de otro, los labiales que alguna vez firmaron aquel nefasto contrato, pérfido mentir. Pero no eran en sí las falsas demostraciones, sino aquellos restos de piel que con el sudor traspasaron los colchones abandonados en lugares lúgubres, espacios lineales exentos de carisma.
Las calles mutiladas eran bellas representaciones oníricas de cuentos inexistentes o luchas internas no abordadas, casi como dualidades erróneas, algo sin igual. Contemplar un impulso meramente placentero desde una perspectiva menos primaria es un lujo, un fiel amigo profesa que su madre lo amamantó con veneno, al parecer la mía igual y se aplicaba lejía en la aureola, porque me he quedado insípido. Juzgo al individuo en su mísera honesta existencia, su tan variado caminar, las prendas mal escogidas para una posterior mala mezcla. Sin embargo, siempre ocurre algo nuevo con lo cual poder poner a prueba la lengua. ¿Por qué este regocijo ante la desgracia? Es como si uno mismo se propusiera errar de tal manera campante ocurrida aproximadamente cada 75 años esta revisita agendada y ya caduca de ideas gloriosas que florezcan en alguna materialización decente. No transcurre nada significativamente atractivo que decore el panorama existencial; Krakenorakel, anda para allá, rogá un poco de cariño al que apostó en tu contra, tu cristiano no creyente, tu gato ingrato, aquel roedor que… ¿Muerde la dactilar de tu cédula? Preséntate sin tu máscara virtual, gran cobarde que intenta ocultarse en su imberbe destino nipónico. ¿Qué esperaba, acaso, alguna vanagloriosa victoria prole?
Al recorrer la ciudad en Ecovía, te transbordas mediante una estación gris corrompida por individuos ciegos, ninguno entiende el chiste deconstruido, meramente asignan la máscara incrédula a la anegada incomprensión y a su inexistente carisma. Podrías añadir a la mezcla una falta de gallinazos para desperdiciar la apreciada pólvora, aquella creatividad individual despilfarrada en intervalos nocturnos intrínsecos al desasosiego matutino, al desayuno desaprovechado. Inconscientes nos clavamos 5 largos olímpicos entre la multitud coetánea. Sabemos que no existe un destino, no encontramos el porqué, simplemente los teléfonos no paran de silbar, llamadas de atención: Este, Oeste, Norte, Sur, la flecha indefinida de una brújula rota manipulada e introducida no en el bolsillo roto por donde se filtran los centavos, sino en el compartimiento secreto de la heredada chaqueta de jean paterna.
Mero pedazo de carne en constante descomposición, ¡me he realizado! Ahora soy un hombre distinto, he dejado el fantasma de la cobardía atrás. Me equivoqué; solo he armado un trencito de oportunidades malgastadas, marchitas, adulteradas, honestas, insensatas, alternativas de la verdad. Beso el cielo mientras mi mano izquierda entrelaza los dedos a la verdadera oposición insensata de una metafísica erótica, cruzo calles vueltas crucigramas, resuelvo acertijos citadinos, tropiezo con ladrillos terracota estrafalarios rompecabezas por donde uno, con osadía, brinca hacia ningún lado. Aquellos estados de alarma explicitados mediante una paranoia injustificada, o en causa merecida. Alusiones al ocaso del problema, la viva llama de la desesperación que ilumina la quebrada, guiando al espíritu de vuelta a su fango. Un no vidente, tentando la respuesta correcta, transita confundido y agobiado por el camino ya conocido. Cuánto deseo que mi matriz no llame y se autosabotee de la manera que me fascina. ¿Qué os puedo contar, mis pajarillos insensatos? Ustedes enervan a la gata amarilla, tan deseosa por atragantarse con sus plumas y degustar el tibio elixir. ¿Acaso es momento de encubrirse en el monotonismo, esconderse en lo similar? Lo atemporal llama a mi puerta, toc toc, ¡time to go! Maldita furcia pendenciera, por lo menos atrévete a mirarme directamente a los ojos al mentirme que sabes; no me duele tanto, pues en verdad te admiro. Igual, me acostaría en tus pechos por el resto de lo palpable, te adoro. No te has convertido en una extraña, solo dejaste de pretender no serlo. Cuánto sueño que el subidón nunca acabe. Me he enjabonado en desgracia, pero no sé cómo asfixiarme en querellas. Entre largos gestos oscuros, mi alma se encapsula; aquellos gritos desalentadores labran sin furor la desdicha inocua surgida por detrás de los ventanales.
Jodida puta, “amén” decía uno cuando el párroco te incitaba a arrepentirte, no obstante, descubres a la tercera cita la verdadera sinrazón del sonrojo, cumplió el patrón de un progenitor ausente. Vaya zorronga, liendre, vacaburra, furcia, pelandusca, ulcerada pécora adoradora de filosofías oscurantistas, mojigata esclava de caducas convicciones maternas, ¿mamita? Lo que tuviste por parturienta es una mantecada, majadera, vacua, obstinada puta, insensata cojuda que no conoce su lugar, mala madre, la que no te ruega a dos sino a cuatro patas, estanteria exhibidora de bambanerias de funkyfish, la que le da de comer a los dueños del deprati, la que copia y pega la frase semanal de agradecimiento budista pero denigra a su primogénita. Tres billetitos no le quitan el paño de la carita porque mona vestida de seda, mona queda. Tontita ¿no te das cuenta? Hablando huevadas a mis panas, y lo peor del caso ¡es que me expuso como un wannabe gangsta ! ¿Qué pensarán las bonitas chiquillas quiteñas al enterarse que la fachada es artificial? ¿Qué te vienes a creer, la gran huevada, por ganar un concurso de perreo ante todos esos camorristas de tercera? Tontaina culona, ¿encima se te adula un poco con palabritas confitadas y sacas los colmillos? Que te den por culo, buscona irascible; por facilonas como vos es que de pequeño me entraba a puño cualquier cara-cerdo de mierda. Recuerdo que, al salir de rehabilitación, la ciudad se tornaba inmensa; era un nido de oportunidades representado a mis anchas. Un mes más tarde, volvía a rogar a los entes callejeros un poquito de manjar:
-¿Estás dispuesto a dejarte ir?
-El sol casi sale, amigo mío -dije.
-Debemos ocultarnos pronto, la rapidez se acaba y la boca se nos seca…
Otra vez golpearon el portón, ¿who can it be now? ¿Acaso son mis análogos escolásticos, todos faltos de expresionismos, tremenda sarta de patas de sorbete, erróneos en el concebir la jodida existencia y equívocos al ser concebidos? ¿Realmente con toda esta gentuza me he de tener que codear en el ámbito profesional? Chusma, vulgo, canallas, morrallas, patuleos, populacho, turbamulta, manada de ignotos. Uy uy uy, cuidado y me leen, que lo diferente es repelido. Papito decía sabiamente “a las putas no se las rehabilita” aposté por ella y perdí la Fender americana versión deluxe que tantas estafas me costó! Pero ¡vamos! Aliento infinito a tu causa, pero es que si tú no eres igual a ellos, eres una clase especial de pensador marchito proveniente de la estirpe incorrecta. Vamos, vamos, escribe, redacta aquellos 3 conceptos inexactos de mal sabor, saca a relucir tu particularidad onanista, de igual manera que la decrépita decepción generacional, enfoque tan mofo vendido en los supermercados bajo pseudos nice-self-thinkers: Clear, Sharma, Kiyosaki, Clark, Carnegie, Frankl, Harari, Tsu, Maquiavelo, Dios W. Riso y si fuera poco, el mismísimo niño rico hijo-de-papi Aurelio. Convicciones engañosas orientadas al camino infructuoso de la fragmentación unitaria, divisar por el retrovisor la propia carne y sustituir al parabrisas por un espejo. Me sentía desesperado, como Dalí en la acolchada sillita, pidiéndole reconocimiento intelectual al Mutterficker de Freud. Salvo que Bretón desaprobaba este comportamiento inmundo para el moribundo dadaísmo. Pero, ¿qué se podía esperar del Avida Dollars si hasta después alzó la patita como neonazi peruano? ¡Qué fea raza…
Mijito, ¿otra vez vienes hecho mierda? ¿No te da pena? Papito, ¿cómo no? Lamentablemente, uno de mis mejores amigos me mencionó: 'El hombre que busca la verdad no debería esperar clemencia ni darla.' A ello, te partiría el mate al intuir que lo redactado no es ni pizca de lo vivido. La beatitud es materialista y lo geométrico, impuro y la mera libertad no la encuentras escondida entre los recónditos librillos empolvados; ella está allá afuera, ejerciendo el miedo. Rin rin, corre corre, ¿dónde pones el ojo, tiras la bala? Brindando y celebrando estoicamente las desgracias cometidas por obra y gracia de la primera persona del singular… ¡Cómo no cabrearme con vos si yo mismo la cagué! El pacto sellado de nuestros corazones es atemporal, pero los rostros, miradas perdidas, estertores danzantes son cronistas del quehacer matutino, el goce, el descanso, ¡la mera contemplación!